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17/05/2008

Sin guión

Lo mismo que a quien ve llover, o al que está parado en el andén viendo pasar trenes, nadie les dice algo amable, bonito ni cariñoso, simplemente porque no procede, pues también así su vida había sido siempre un erial de palabras hermosas. Su cuenta corriente de piropos estaba desde que tenía recuerdos teñida de rojo cruel. Tenía un carisma especial, único, que echaba para atrás lo mismo a niños, animales que mujeres, y sólo de vez en cuando ese carisma se había ganado el respeto de alguna persona mayor. Milagrosamente, había conseguido tener unos pocos y contados amigos de verdad. Pero reconozcámoslo, las personas mayores no pueden llegar a colmar el vacío de amor de nuestro protagonista, como quizás tampoco él podía colmar el de ninguna de sus deidades femeninas sucesivas, aunque bien cierto es que ninguna de ellas tuvo siquiera el pensamiento de pararse en su estación.

[Continuará]

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